Crónica Francisco Martinez
Fotos Abel González

Nacer como músico en los tiempos que corren, es de alguna manera nacer con una manchita en la piel que dice “autogestión”. Y casi como un mandato, es el camino que terminan tomando las bandas que realmente quieren crecer y que, por un lado, les permite seguir sus propios deseos e intuiciones, y por el otro, prácticamente no existe gps que nos invite a conocer el otro camino. 

Pero, ¿la autogestión es un problema o una virtud? ¿Y la respuesta? No la sé, pero si creo que los chicos de El Gordo Cañón y la Poxiband desbloquearon parcialmente el problema y lograron convertirlo en una virtud. Y ha sido con la autogestión como bandera que le dieron lugar a este encuentro fraternal, de respeto, de alegría, de emociones que desgarran y emociones que reconfortan, de dolores y armonías, llamado Poxifiesta. 

“Y qué me dicen de esa puta movida si por un peso transan con vos y con dios, que mala espina cuanta ironía, creer que te venden auténtica diversión”, ¿estará en Psychocircus la respuesta? Seguramente se acerque más a la que puedo llegar a intuir. Lo cierto es que “la Poxiband” o mejor dicho sus seguidores, han hecho de estos encuentros un culto, un espacio mejor, donde cada persona que asiste puede sentirse cómoda, libre y respetada, como una gran familia, como un refugio donde poder encontrarse con otros, que de alguna manera son parte de lo que somos. 

La secuencia estuvo condimentada por diversas situaciones que le dieron parte del sustento a la Poxifiesta. En esta ocasión el fotógrafo mendocino, Valentín Alsina, realizó una exposición, de sus capturas, donde abordó una confluencia de estilos que fueron desde lo paisajístico, las producciones de estudio a la especialidad de la casa que son los recitales. Ya previo al show de la banda, Leo Federici, un misterioso poeta, irrumpió en el salón del Centro Cultural Israelita, con una poesía cruda y visceral despertando la ansiedad más salvaje de los allí presentes. 

Con un show intenso y con diversos climas, El Gordo Cañón y la Poxiband ofreció en sacrificio una lista que repasó sus dos discos e incluyó un par de nuevas canciones que serán parte de su nueva producción discográfica y que ya son interpretadas por varios de sus seguidores. Con un espíritu de big band psicodélica y rockandrollera, demostraron que son una tromba demoledora que puede llevarte hacia las emociones más íntimas y sinceras hasta lla algarabía más adolescente en primavera. 

¿Y después del show? ¿Taza, taza? No, esto es una Poxifiesta y queda un plato más, de esos que tienen principio pero que ni el sol se anima a veces a ponerle fin. Luego de finalizado el set que tenía preparado la banda para el encuentro, fue el momento del baile, o mejor dicho de la Pachanga, la excusa justa para divertirse en familia. 

Esa gran familia, que no solo está compuesta por público y banda, como los dueños de las puntas de la mesa, sino que se completa con la presencia de amigos y amigas que trabajan en las otras posiciones de la cancha, que van desde la barra, la taquilla, el sonido, la iluminación a los artistas invitados para la ocasión. 

Como sucede con cualquier banda que lleva en la sangre de sus canciones el sabor de la autogestión. 

shares