Los días 8 y 9 de Febrero se llevó a cabo la edición N°20 del festival más grande del país. El Cosquín Rock celebró sus 20 años ininterrumpidos con cerca de 150 artistas en escena, 7 escenarios y más de 100 mil personas que colmaron el Aeródromo de Santa María de Punilla para alucinar a lo grande.

Crónica del día sábado: Brenda Natalia Petrone Veliz
Fotos: Lucas Matías
*Sábado – Divididos (Acariciando lo áspero, 1991)

Prólogo

Adrenalina. Ansiedad. Aguante todo. Con la regla de las tres A salí de mi casa a la terminal. Mi primera cobertura del Cosquín Rock despertaba todos esos sentimientos que después no podes explicar con palabras. El viaje en el colectivo de La Calera duró años al lado del tiempo real que nos tomó llegar. Las curvas del camino se extendían interminables mientras se iban adornado de perlitas propias del evento. Los 20 años del festival más grande de la Argentina iban a dejar una huella importante a partir de ese 8 de febrero. Dos décadas de trabajo que no quedan en el olvido, que marcan generaciones y que tatúan en los oídos y en las pupilas una expresión de júbilo que luego es inexpresable.

Capítulo 1: La llegada

Llegamos al templo y una ola de emociones se apoderó de mi cuerpo, convertido en piel de gallina. Recuerdo haber saltado hacia Lucas, el fotógrafo de Broda, mientras le gritaba «¡entramos, por fin llegamos, estamos en el Cosquín Rock!», mientras Airbag se acomodaba en el escenario norte. El reloj marcaba las 17:15 horas y los hermanos Sardelli largaban con los acordes rockeros de Little wing, un cover de Jimmy Hendrix. Patricio tenía en sus manos una guitarra doble mástil que sorprendió a los asistentes por su belleza y extrañeza. Las canciones de la banda se sucedían una tras otra y la gran cantidad de gente que se acercaba a verlos tapaba el piso flotante blanco puesto a los pies del escenario y de la pasarela.

Patricio Sardelli, cantante y guitarrista de Airbag. Foto: Lucas Matías

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Capítulo 2: La Casita del Blues

El imponente predio de Santa María de Punilla se extendía a lo largo, eterno, como un interminable pentagrama de una canción de blues de los años 60. Esa canción permanente en el tiempo tuvo su lugar en La Casita del Blues, un espacio que dio lugar a bandas como Karina Vismara, Hombres Bien, 29 Caminos, Alligator’s Sons, entre otras. Cuando pasé por la escena, esta última banda estaba por la mitad de su repertorio. Tres hombres con lentes de sol tocaban en el atardecer del primer día agitado. Popi Castillo, John Morsee y Dow Ristorto deleitaban a las personas que presenciaban el show sentadas en cómodos bancos hechos de viejos neumáticos. Una gran forma de reciclar y darle el toque country urbano que se necesita para el ambiente.

Capítulo 3: Comida y bebida

A lo largo del aeródromo se encontraban los puestos de comida y bebida, bien señalizados y con sus respectivas tablas de precios. A los costados de cada stand, tachos verdes y negros discriminaban la basura de lo reciclable para enseñarnos lo importante que es identificar cada cosa en su lugar. Varios puestos de agua acompañaban a los sedientos comensales o a los ex’s usadores de baños químicos – y sí, una vez que algo se fue, hay que agregar lo que falta y nos hace bien -. Los elegantes depósitos de residuos naturales tenían papel y largas colas de espera, filas que no se quedaban quietas porque escuchaban a su banda tocar desde lo lejos. Era inevitable marcar el tempo con el pié o con la cabeza mientras se retiene un poco para no estallar. A esta sinfonía de lugares la acompañaba el espacio del Mercadito Alberdi Pop Up con su innovadora App billetera fan: ¡menos tiempo en la fila, más diversión en las tarimas!

Capítulo 4: Córdoba X

Mis ojos y mi mente no podían retener tantos detalles así que por momentos me dejaba llevar por la música que ingresaba a mis oídos. Y así es como llegué a Daraa en el Escenario X, banda oriunda de Buenos Aires, integrada por Gastón Echeverría en guitarra y coros, Juan Pablo Walendzik en bajo y coros, Turu en la batería, Florencia Alba como cantante y Yamil Ferrero en guitarra.

A continuación, 2 Minutos apareció en la escena del Córdoba X para dar un show extremo. La gente colmó el escenario. Ni siquiera se fueron cuando se cortó el sonido, más que nada porque Mosca, el cantante de la banda, no dejó de agitar a su público ni por un segundo. Monti en la batería hacía la base, la gente el coro y 2 minutos nunca dejó de tocar. Entre los temas que sacaron de la galera se destacaron Piñas van, piñas vienen y Valentín Alsina.

Capítulo 5: El Sur, colmado

Dejé atrás el escenario X y llegué al escenario Sur cuando Sara Hebe ya la estaba rompiendo, junto a Ramiro Jota Beats, Ariel Gaffet y el resto del equipo. Al momento de mi arribo sonaba A.C.A.B., la canción que la artista compuso junto a Sasha Sathya, a quien por cierto saludó al momento de interpretarla. La gente saltó al ritmo de cada canción y en especial cuando sonó El Marginal, tema que me erizó la piel una vez más.

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Sara Hebe hizo bailar al público sureño, lo hizo perrear hasta abajo. La banda cerró con Lujo Popular y la cantante de Trelew saludó a su gente y a su banda, feliz de haber estado en el segundo escenario más importante del festival. Una vez terminado el show, los plomos pasaron a acomodar la escenografía para esperar a Bandalos Chinos.

Bándalos Chinos. Foto: Lucas Matías

Capítulo 6: El regreso al Norte

En el medio del gran terreno donde se desarrollaba el Cosquín Rock tenías acceso exclusivo a un deleite de detalles asombrosos: personas que corrían de un escenario a otro, otras que le compraban algunos caramelos al KiosQuín y otras que se paraban a mirar a un amigo o amiga y a cantarle el pedazo de tema que el viento llevó a sus tímpanos. En el medio de ese gran terreno, emprendí mi regreso al escenario norte para ver los últimos minutos de Las Pastillas del Abuelo.

Juan Germán Fernández de Las Pastilla del Abuelo. Foto: Lucas Matías

Mil banderas se alzaban ante nuestros ojos. Es extraño lo que sentí cuando las vi bambolearse en el viento, debajo de un par de gotas de lluvia que amenazaban con destruir la ciudad. Es extraño porque me daba paz, me daba armonía. ¡Juro que no estaba bajo efectos de sustancias! Es sólo que me transmitió una locura muy propia del Cosquín Rock y que, analizándolo bien, entregó amor a todo aquel que captó el momento. No sé si los músicos habrán sentido lo mismo pero estoy segura de que subirse a tocar frente a ese mar de gente, tapada de un par de trapos danzantes sobre la brisa de verano, puede ser parte de una experiencia muy propia de la trayectoria de estos 20 años del festival más convocante del país.

Banderas en el viento. Foto: Brenda Petrone Veliz

Las Pastillas se adueñaron del escenario. Juan G. Fernández, el cantante, caminaba por la pasarela, bailaba y agarraba las cosas que la gente le tiraba a sus pies. El repertorio de la banda contó con temas como Rompecabezas de amor, Absolutismos, El favor, ¿Qué Hago Yo Esperando Un Puto As?, Viejo Karma, Incontinencia verbal, entre otros.

Foto: Lucas Matías

Esto es lo nuevo che, ¡2020!

Juan Germán Fernández – Las Pastillas del Abuelo presentando Incontinencia Verbal

Capítulo 7: Han pasado 15 años…

Cuando terminaron de tocar Las Pastillas, el público no se inmutó. Todos sabíamos que la Aplanadora del Rock haría su entrada triunfal después de 15 años de haber tocado por última vez en el Cosquín Rock. Y así fue: con un video donde Ricardo Mollo cantaba el himno, Divididos salió a la cancha con todo. A pesar de que era la segunda vez en el día que escuchábamos el himno nacional argentino – Airbag lo había interpretado también – realmente se sintió como si lo cantáramos por primera vez. Cuando terminó el videoclip, el trío arrancó con los acordes de Cajita Musical.

Ricardo Mollo. Foto: Lucas Matías

Pasadas las 19 horas, el primer día del festival nos regalaba el más hermoso atardecer, entre los rayos del sol que atravesaban las nubes y la excelencia de Ricardo, Arnedo y Catriel arriba del escenario norte. Las canciones que se sucedían eran cada vez más pogueables. Sí, pogueables. Así como lo lees.

¡Buenas tardes a todos, estamos felices de volver a este lugar después de 15 años!

Ricardo Mollo – Divididos
Diego Arnedo. Foto: Lucas Matías

En medio del show, dos varones ingresaron al corazón del pogo cantando El 38. Uno lo miraba al otro mientras se agarraba la remera y coreaba «y para qué tanto amor, si de chiquito soy así«. La imagen me generó gracia y ternura hasta que los perdí en el mar de gente. Después miré hacia el escenario y Mollo desplegó una gran bandera amarilla con la frase de la canción Amapola del 66 que decía «Todo está vivo a pesar del dolor si me sonreís«. Ante los gritos y aplausos, la banda continuó tocando.

Se hizo de noche. La luna, blanca y gigante, se exhibió en la oscuridad y luego se ocultó entre un par de nubes. Las luces de colores del escenario cambiaban la perspectiva del recital a nivel visual. La noche genera un cambio espectral que, ante la vorágine del momento, no muchos suelen apreciar.

Divididos bajó el power, sólo un poco, y nos deleitó con esa canción de la bandera amarilla. Seguro muchos no lo saben, pero Amapola del 66 es mi canción favorita. Les juro que no tengo palabras para describir lo que sentí al escucharla en el templo. Fue aún más mágico cuando Mollo enganchó la canción con Para ir, tema de la banda Almendra. El cantante se lo dedicó a su papá y a Luis Alberto Spinetta, quien fallecía un 8 de febrero pero de 2012.

Ricardo Mollo. Foto: Lucas Matías

Sólo porque me acuerdo de él todos los días. Porque no hay un sólo día que no me acuerde de mi viejo que se fue en el 88′ y de este santo hermoso que se fue justamente hoy.

Ricardo Mollo – Divididos

Catriel descoció la batería, Arnedo despegó las cuerdas del bajo y Mollo rompió la zapatilla que le tiraron para que tocara la guitarra. Cuando llegaron al punto culmine de prender fuego el escenario – no literalmente – abrieron paso al grupo de artistas que ingresó, uno por uno, para hacer el aguante a Charly García: El aguante and the prostitution.

Nito Mestre en El aguante and the prostitution. Foto: Lucas Matías

Capítulo 8: Molotov, el desconecte

Dejé el escenario norte y corrí al escenario acústico. Faltaban sólo 10 minutos para que Molotov subiera a escena con su show «El desconecte» y la carpa desbordaba de gente. Creo que el requisito principal para ver a los mexicanos era medir dos metros, porque mi metro cincuenta no alcanzó ni para llegar a la valla ni para ver, al menos, la cabeza de alguno de los músicos. Cuando menos me lo esperaba, mis pies se elevaban del suelo sin mi consentimiento. La gente misma me agarraba inevitablemente y me hacía saltar entre el tumulto. Así como entré, la misma inercia del lugar me sacó de ese estado y juré que iba a volver al día siguiente. Yo iba a ver a Molotov como fuera.

Randy Ebright. Foto: Lucas Matías

Antes del fallido intento de ver a la banda mexicana, escuché el último par de canciones de Ecko en el escenario urbano, justo al frente de la carpa acústica.

Capítulo 9: El aguante a Charly

Volviendo un poco al escenario norte, El aguante and the prostitution fue un gran éxito. A pesar de que mucha gente quería ver tocar a la banda junto a Charly García, realmente se disfrutó a cada artista que subió e hizo su aporte con covers del ex Serú Girán. Músicos como Nito Mestre, Celeste Carballo, León Gieco, Fernando Ruiz Díaz, Louta, Nathy Peluso, Ciro Martinez, Patricio Sardelli, entre otros, homenajearon al gran Charly con un recital que quedará en la historia del Cosquín Rock como un momento muy emotivo.

Charly, querido, el pueblo está contigo

León Giego luego de cantar Los salieris de Charly

Capítulo 10: Una vuelta más al blues

Antes de quedarme a ver al otro artista en el lado norte, pasé por La Casita del Blues una vez más. En eso, veo una gran multitud corear canciones de grandes artistas del género en la voz de Fran Duarte, cantante oriunda de Caxias do Sul, Brasil. Ella junto a otros músicos cerraron La Casita con toda la energía de un blues sublime, de un blues de amigos, de un blues fantástico.

Capítulo 11: Vengan a mí, ¡fakires!

La noche era espléndida. La luna no se veía detrás de las grandes nubles que cubrían el cielo pero nadie parecía notarlo. No buscaban la luna, buscaban a su jinete. No buscaban su luminiscencia, buscaban al portador de su luz. No esperaban por su salida, sino por la salida de los fakires.

Skay Beilinson. Foto: Lucas Matías

Skay Beilinson subió al norte con sus lentes y su sombrero que lo caracterizan. El pibe de los astilleros sonaba por todo el predio mientras más y más banderas se sumaban entre los asistentes. El cantante y guitarrista jugó arriba de la escena. Se lo veía más vivo que nunca, feliz, deslumbrante como la luna llena. No se quedaba quieto ni por un segundo: se agachaba, monigoteaba con las manos, hacía señas al público. En medio del repertorio presentó al nuevo fakire: Joaquín Rosso.

Skay Beilinson. Foto: Lucas Matías

Capítulo 12: El final es lo que queda

Mi sistema se estaba cayendo. Las horas de viaje, el estrés y la adrenalina empezaban a reemplazarse por el sueño y el cansancio, pero sabía que tenía que durar al menos un rato más porque faltaban de tocar Guasones, Louta, Militantes del clímax, Tapelao, Jeremy Olander, entre otros. Los pies no me daban para caminar entre la multitud hasta el otro extremo del predio por lo que me decidí quedarme en el principal y escuchar las últimas canciones de Guasones y esperar a la fiesta de los Auténticos Decadentes.

La incipiente madrugada se pegó en mis pies y me llevó hasta mi cama. Me esperaba otro día de festejo a lo grande. Me esperaba el domingo para romperla en los 20 años. En ese momento no sabía lo que me traería el segundo día. En ese momento no sabía lo bien que la pasaría…

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